Testimonio 3

Sofía del Campo

Fui a varias terapias antes de conocer a Cristina. Algunas nefastas, otras bastante prometedoras. Ninguna funcionó. Quizá durante algún tiempo (muy breve) sí conseguían calmarme. Mirando ahora hacia atrás la sensación es de estar bajo sedantes. Aliviaban temporalmente pero enseguida volvía todo, incluso con más fuerza.

Como resultado a mis experiencias, me había cerrado en banda a intentar cualquier terapia de nuevo.

Siempre he sido precursora de la ayuda psicológica. Me parece muy necesaria en la sociedad en la que vivimos. Sin embargo, yo ya había tenido suficiente. No quería volver a abrirme.

Aun así, mi madre no se rindió y un día me dijo que había localizado a una nueva psicóloga. Yo llevaba años sin mirar atrás. Me negué, al principio. Pero me encontraba bajo mínimos. Estaba en una espiral autodestructiva tan agresiva que no veía la salida por ningún lado… Y supongo que, en el fondo, nunca perdí la esperanza en mí misma.

Acudí a la sesión sabiendo que yo la estaba probando a ella. Le di una oportunidad. No volvería a pasar por lo mismo en vano. “Lo mismo”. Pero qué equivocada estaba…

He de reconocer que la primera media hora ya había decidido que no habría segunda sesión. “Parece una chiquilla recién salida de los manuales de la facultad” pensé.

Fue entonces cuando Cris entró. Sin preguntar, sin previo aviso. Sentí cómo si alguien me hubiera cortado con una incisión limpia abriéndome desde el cuello hasta la cadera. De repente, un volcán años sometido por mi voluntad estallaba sin mi autorización y no podía hacer nada por detener su furia. Esa misma furia era la que yo había aprendido tan bien a esconder de los demás, a guardar en un rinconcito para que sólo me torturase a mí. Y, lo mejor de todo, es que ni yo misma me acordaba ya de ella.

Creo que estuve en su despacho dos horas. No me había cabreado tanto con nadie en mucho tiempo. Por supuesto no se lo hice ver. Le dije que volvería la semana siguiente pero nada más salir por la puerta ya estaba planeando cómo anular la cita educadamente y no volver a verla. Me dediqué los siete días posteriores a despotricar sobre ella y a enfurecerme cada vez que pensaba quién se había creído que era al haber hecho lo que había hecho durante aquella sesión. Les dije a todos que no regresaría. Había tomado una decisión irrevocable.

Al octavo día, entré por la puerta de su despacho y no volví a salir de allí hasta ocho meses más tarde.

Cada vez que me preguntan por mi terapia con Cris, este es el primer recuerdo que aparece en mi cabeza. Creo que es porque representa muy bien mi proceso. No todo fue doloroso, por supuesto. Hubo momentos en que los que no paraba de reír. ¡Reír! Y daba grandes pasos. Pero tampoco fue un camino de rosas. Lloré, me avergoncé y me enfadé en innumerables ocasiones. Hubo momentos en los que incluso temí que no hubiera “solución” para mí. Sin embargo, seguí hacia delante. No me abandoné. Y conseguí tanto, aprendí tanto…

Lo logré con su ayuda. Lo logramos juntas. No puedo estar más agradecida de haberla encontrado.